Albert. O (II)
Violet acaba de hornear la segunda bandeja de galletas de mantequilla. Las mira con una mezcla de tristeza y rabia y recorre con la vista el resto de la mesa de la cocina: pequeñas salchichas al estilo texano, alitas de pollo, patatas, mantequilla irlandesa, mermelada de ruibarbo, chocolate… Todo iba a quedar en ese mismo estado dentro de unas horas, como los restos de la mesa de una familia que ha salido corriendo de casa.
Violet imaginó las moscas revoloteando sobre las patatas, los gatos que acabarían con las salchichas en un momento, los pájaros que atacarían las migas.
—Serán más que los que asistirán a la fiesta —se dijo a sí misma, suspirando, con rabia y los ojos entelados.
Aun así, decidió colocar en la bandeja de los domingos todas las galletas y, con cuidado, la dispuso en la mesa, al lado del jugo de manzana y naranja y de las cervezas Guinness de importación para los mayores.
La fiesta de los cinco años de Albert solo tendría dos invitadas: sus vecinas las Hugues, Marienne y Lily-Rose, fieles a su familia desde que se trasladaron a Texas hacía cuatro años en busca de una cura para el problema de su hijo. Un mal al que nadie sabía poner nombre y mucho menos remedio.
Ningún otro niño o niña asistiría. Después de los tres comas consecutivos que Albert había sufrido en clase, se había convertido en el apestado: daba miedo. Habían recibido quejas, notas anónimas y crueles, y el ninguneo constante de casi todo el pueblo.
En más de una tienda ya la miraban mal; en otras, las preguntas eran demasiado inquisitivas… En algunas, directamente, ya no la atendían. Violet volvía a casa con las manos vacías y el corazón hecho trizas. Por mucho que Sean se hubiera rebelado y quejado ante el consejo del pueblo, las cosas no mejoraban.
Tenían suerte con Marienne, su resuelta vecina. Como miembro de una familia fundadora y con fuerte arraigo en el consistorio, compraba para ellos al tiempo que se enfrentaba a medio pueblo sin despeinarse. Y Lily, su hija, iba a la zaga: la primera vez que pegaron a Albert, ella fue expulsada por defenderlo golpeando a sus agresores. La segunda vez, incluso la denunciaron y comenzaron a hacerle el vacío. Pero seguía allí, impasible. Y su madre, también.
Violet y Sean no tenían palabras para expresar el profundo respeto y la admiración que sentían por aquellas dos mujeres, pequeñas de tamaño pero enormes en valor, las únicas que les permitían respirar un poco en aquel pequeño pueblo tan distinto de su Irlanda natal.
Albert entró en la cocina y, con los ojos muy abiertos, dejó escapar un «¡oh!» de admiración. Su madre se agachó para abrazarlo y no pudo evitar sollozar.
-No llores, mamá —dijo él, con esa calma que a veces le resultaba insoportable a sus padres—. Si está todo genial… Mmm. Huele muy bien.-
Violet se separó un poco y le acarició la cara. Las pecas, la piel clara, los ojos oscuros. Siempre les había hecho gracia aquello a Sean y a ella: lo poco que se parecía a un niño irlandés.
—Ve a ver si vienen Lily y Marienne, anda, hijo.
Violet se aclaró la garganta y esbozó una sonrisa tímida. Miró el reloj y supuso que en media hora llegaría Sean, su marido, que ya encadenaba el tercer trabajo en lo que iba de mes. Nadie quería al padre del niño que se quedaba en coma, por estúpido y lamentable que pareciera. Y él, con el mismo temple que Albert, hacía ver que cada nuevo empleo era mejor que el anterior, una oportunidad.
Violet buscó en el bolsillo un papel: la dirección de la escuela la convocaba con urgencia a una reunión por la situación de Albert.
—Hoy no —susurró—. Hoy no.
Recordó la primera vez que sucedió ,en su Irlanda natal .Albert tenía poco más de un año cuando se quedó dormido de repente, como si algo se hubiera apagado dentro de él: respiraba y las constantes vitales eran buenas, pero parecía que se había dormido de repente, sin más. Luego vinieron más episodios ( algunos duraban dias, otros semanas) médicos de distintas especialidades, pruebas duras, de todo tipo,la mudanza a Londres…sin respuestas.
Después Texas, donde había dos neurólogos especialistas en comas, daños cerebrales y catatonias.
Nada.
Sean rezaba. Ella esperaba respuestas en otra parte. Ninguno las encontraba.
—Mami…-
Albert se asomaba desde el marco de la puerta, con una sonrisa.
—Con Lily ya tengo bastante. Con vosotros, todo lo que necesito-
Ver a su hijo feliz era el mejor regalo para Violet y Sean, aunque arrastraran el peso de los despidos constantes.
Sean bebió su Guinness y miró a su hijo, contento, traduciendo frases de Lily con un diccionario de español-inglés ( su regalo, si) utilizando un marcado acento mexicano muy gracioso. Abrazó a Violet; se miraron: a pesar de todo, eran felices.
Violet no fue al colegio al día siguiente.
Y Sean no volvió a casa esa noche.
Habían salido juntos, temprano, con la intención de arreglar algunas cosas. Hablar, insistir, no ceder del todo. Explicar a Albert.
No vieron el camión que se aproximó acelerando por la carretera central.
Fue un segundo:un giro extraño, un ruido que no llegaron a identificar, un instante de su vida.
En casa de Marienne, Albert caía en un coma , esta vez distinto.
«Creo —no, creo no, afirmo— que esa fue la primera vez que me di cuenta de que, estando en coma, me sucedía algo: era como ser consciente dentro de un sueño, estar presente en él. No recordaba otras veces, pero supongo que me hacía mayor y los recuerdos y la memoria estaban más anclados.
Me vi en un desierto enorme y plano, con alguna duna aislada y un sol brillante pero tibio a la vez. La arena era fina, de color anaranjado claro, suave y con cierta sensación refrescante. Me descalcé para sentir esa especie de cosquilleo tan agradable. Puede parecer extraño, pero no me sentía confundido por estar allí, solo, en ese desierto.
Me puse a caminar tranquilamente hacia adelante y el sol empezó a declinar poco a poco. Todo era hermoso, con ese color ocre de la luz al atardecer que lo vuelve todo fantástico. Una leve brisa me envolvió y me di cuenta del olor que traía, totalmente distinto a la sequedad del desierto. Se parecía a Kilkenny, a mi casa en Irlanda, en los minutos que precedían a una tormenta.
Por supuesto, esto no lo sabía yo, porque había dejado Irlanda siendo muy pequeño. Esto era lo que siempre me contaba mi padre cuando miraba por la ventana en Texas y añoraba el verde, el olor a tierra, la lluvia en el campo.
Me estremecí. Al frente se abría un gran agujero en el desierto y, de repente, tuve miedo. Creo que ahí fui plenamente consciente y no quería acercarme, pero algo dentro de mí me empujaba. Me acerqué y vi, en el fondo, una casa baja de muros blancos y rojos, con árboles a su alrededor y el suelo cubierto de musgo verde brillante.
Tragué saliva. La conocía perfectamente: nuestra casa en Irlanda.
Oía el sonido lejano de una flauta y, de repente, me invadieron las lágrimas. No sé explicarlo bien, pero me di cuenta de lo que sucedía: mis padres estaban allí. Y eso significaba —llámenme loco— que estaban muertos».
«Mi madre salió por la puerta. Tenía su pelo rojizo suelto y una sonrisa preciosa. Luego salió mi padre, con su flauta y su cabello alborotado. Estaban felices, radiantes, y me saludaban con la mano. Pero yo no podía bajar: una fuerza extraña me lo impedía. Empecé a llorar.
—Albert, hijo, no llores —la voz cantarina de mi madre me secó las lágrimas—. Ahora no puedes bajar. Aún no es el momento.
Mi padre la miró con ternura y la rodeó por la cintura.
—Hijo mío, tienes que estar tranquilo. Nosotros estamos bien —dijo con calma.
—Sé que no lo entiendes, es normal, pero te prometemos que estaremos aquí esperándote el día que tengas que venir. No llores… así, bien. Marienne te va a cuidar y Lily estará siempre contigo, como nosotros.
—No nos verás, pero estamos contigo, porque te queremos.
Ninguno de los dos lloraba. Y, aunque parezca imposible, yo me calmé. Me senté y observé los sauces, escuché a los pájaros y me imaginé la casa por dentro y los pasteles que haría mi madre. Sonreí.
—Ahora vuelve. Nosotros estaremos aquí siempre. No temas, Albert…
Mi padre dio unos pasos y me lanzó un beso con la mano.
—Sé tú mismo, pese a todo. Porque eres especial y el mejor hijo del mundo.
—Cariño, recuerda —mi madre sonreía y agitaba la mano—: te queremos. Estaremos esperando».
Albert se despertó del coma en el Hospital Presbiteriano, con Marienne y Lily-Rose a su lado, aliviadas pero un poco triste a la vez.
El niño las miró un momento y luego sonrió:
—Están bien —dijo.
Lily frunció el ceño.
—¿Quiénes?
—Mis padres.
Hizo una pausa breve.
-Están en casa-
Lily lo abrazó con fuerza. Marianne lo acarició.
Ellas serían su familia para siempre y su pilar en los próximos y duros años.



¡Qué triste y que emotiva esta historia! Me ha dejado el corazón encogida. Pero, al final, Van le ha dado un poquito de luz.
Muy chula tu historia, Van😃👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻